Todos hemos escuchado de forma repetida a personas diciendo “lo sabía”, y por supuesto lo hemos dicho nosotros también. Tener expectativas y elaborar hipótesis sobre lo que vendrá entra dentro de lo más habitual. Tenemos experiencias vitales con contextos, situaciones y personas, y el mejor predictor de futuras ocurrencias son las ocurrencias pasadas. Nos aporta una sensación de control sobre nuestra vida hacer predicciones, y a menudo son certeras y adaptativas. No obstante, no siempre es el caso.
Veámoslo con un cuento de Gabriel García Márquez:
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora mayor que tiene un hijo de 19 años y le está sirviendo el desayuno con aire de preocupación. El hijo le pregunta qué le pasa y ella responde: “No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo”. El hijo que jugaba billar todos los lunes y hasta el momento nunca había perdido una apuesta, se va preocupado y pierde una carambola sencillísima. El otro jugador tan asombrado como los demás presentes, le pregunta qué le pasó si era una jugada tan fácil. Él contesta: “Es cierto, pero me he quedado preocupado por una cosa que me ha dicho mi madre esta mañana sobre algo grave que le va a suceder a este pueblo”. El chico se marcha, y los demás comentan que si Dámaso ha perdido por primera vez una partida, pudiera ser cierto, en efecto, que algo malo sucediese en el pueblo. La noticia empieza a regarse, y una señora observa, que no hay que burlarse de los presentimientos de las madres porque a veces resultan. Otro señor que la escucha y va a comprar carne, le dice al carnicero: “Venía por un kilo de carne, pero mejor deme dos, porque andan diciendo que algo grave va a sucederle a este pueblo y lo mejor es estar preparado”. El carnicero despacha el pedido y cuando entra otra clienta le sugiere: “Mejor lleve dos kilos, porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar y se están preparando y comprando comida”. Entonces la señora responde: “Tengo varios hijos, mejor deme cinco kilos”. Y en media hora se agota la carne y el carnicero mata otra vaca, y se sigue esparciendo el rumor.
Llega un momento en que todo el mundo en el pueblo espera que pase algo y se paralizen todas las actividades. Y la tensión crece y crece y todos están desesperados por irse, pero no tienen el valor para hacerlo. Hasta cuando uno levanta la voz y grita: “Pues yo sí me voy”. Y agarra sus muebles, sus hijos, sus animales y los mete en una carreta y atraviesa la calle central en donde todo el mundo lo ve. Y los demás exclaman: “Si éste se atreve, nosotros también…”, y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo dice: “Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa”, y entonces la incendia y otros incendian también sus casas. Y todos huyen como en un éxodo de guerra y pánico y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, y le dice a su hijo que marcha a su lado: “Viste, mijo, que era cierto lo que te decía esta mañana que algo muy grave iba a suceder en este pueblo”.
Como pone de manifiesto el cuento, la madre del chico hace una predicción, en este caso sin fundamento, de lo contrario que se expuso en el inicio del artículo, que acabó siendo una profecía autocumplida. No obstante, incluso habiendo razones para esperar cierto resultado, no siempre acertamos. Ahora, el peligro está en que hay, igual que en el cuento, veces que algo que no debería haber ocurrido ocurre, sólo y únicamente por nuestras predicciones. ¿Y eso cómo es?
La mente es poderosa se dice, pero como psicólogos podemos afirmar lo certero que es dicho enunciado. Cada día en nuestra consulta de psicología vemos personas que sostienen ciertas creencias sobre su entorno, sobre otros y también sobre sí mismas. Por ejemplo, personas con baja autoestima consideran que no valen, que no son suficientemente buenos o que los demás son mejores o saben más. Su lenguaje interno repite con alta frecuencia “no puedo” y, por tanto, ni lo intentan. O si lo intentan lo harán desde la expectativa de no lograr lo propuesto, por lo que las dudas y los miedos entorpecen su ejecución. El resultado acaba siendo el predicho – no han podido, o el resultado ha sido pobre.
Sin embargo, si miramos desde lo más objetivo, y observamos las personas a nuestro alrededor, no hay razones por las que una persona no pueda lograr muchas cosas, como sacarse el carnet de conducir, o hacer ciertas gestiones. Una persona con baja autoestima puede incluso ser más capaz que el que tiene una alta autoestima. Por tanto, no es la capacidad la que determina el logro, sino nuestra visión y expectativas sobre nosotros mismos. Una persona con una buena autoestima cree que puede hacerlo y dirige sus actos hacia la consecución del objetivo, y lo logra, de lo contrario la persona con baja autoestima que no lo hace, lo va dejando, haciendo que parezca cada vez más difícil, aumentando su propia experiencia e idea sobre su incapacidad.
Resumiendo, nuestras creencias guían nuestro comportamiento, nuestro comportamiento produce eventos. Como se ve en el cuento, la gente del pueblo toma como certero algo que han escuchado y dirige su comportamiento en consonancia con lo que han escuchado y creído. De esa manera se ha cumplido la profecía, igual que la persona que sufre baja autoestima va cumpliendo con sus ideas y creencias. De ahí, os animamos a poner a prueba lo que pensáis, lo que creéis, lo que escucháis, antes de actuar como una verdad verdadera, haciendo que pase precisamente algo que quizá no queréis que pase. La mente es poderosa, pero la podemos guiar y aprovechar a nuestro favor.