En Alae Psicólogos nos encontramos con mucha frecuencia a personas que sienten un gran malestar en sus relaciones en diferentes contextos, como el de pareja, la familia, en el trabajo, en las amistades. La raíz de ese malestar se sitúa en no sentirse apreciados o incluso respetados en sus relaciones interpersonales. A menudo estas personas manifiestan a nuestros psicólogos que no entienden el por qué le tratan de este modo. Tienden a ser personas con un buen corazón, muy respetuosos con los demás, empáticos. Desde lo más lógico, tiene todo el sentido esperar que cuando tratas bien a los demás, los demás te tratarán bien de vuelta – para los religiosos y desde la biblia “trata a los demás como quieres que te traten”.
Desde luego, en un mundo ideal todas las personas vivirían según estos criterios, pero no es así. Y la razón no es que el mundo esté lleno de personas sin corazón, sino más bien se fundamenta en: trata a ti mismo como quieres que te traten.
Durante la infancia y la adolescencia es cuando desarrollamos nuestro concepto de nosotros mismos y nuestro rol en la vida. Factores como una familia disfuncional o ser víctima de bullying, para ejemplificar, tienen un impacto importante en cómo una persona se ve y los comportamientos que va adquiriendo, adaptándose a los sucesos y ambientes. De esa manera, si alguien se mete con un niño, ese niño puede empezar a verse como menos que otros, y para compensar se vuelve una persona muy dada a los demás para intentar caer bien y así no verse victimizado. Lo que es una estrategia adaptada a la vivencia acaba formando parte de su personalidad, su manera de definirse que posteriormente trasciende a su vida adulta, a pesar de que la situación que inició la necesidad de adaptación ya acabó.
Como nota quisiéramos resaltar que el hecho de que otra persona nos trate mal, no debe nunca definirnos, sólo a la persona que trata mal a otros. Igualmente, podemos preguntarnos por las razones por las que esa persona hace lo que hace… Quizá le han tratado mal en su casa y su estrategia de adaptación puede ser asegurarse de que no le traten de forma desagradable en otros ambientes y esa rabia y dolor se volcó encima otra persona que posiblemente vivan circunstancias parecidas. Caben infinitas posibilidades.
Por tanto, si las faltas al respeto hacia tu persona han formado parte de tu vida, se convierten en algo normal. Es decir, el umbral para reaccionar ante una ofensa será más elevada, la persona permite más. Ahí entra en juego que los demás te tratarán como tú te tratas. La conducta ajena se verá alterada hacia una dirección u otra según las consecuencias que tenga. Por ejemplo, los niños que manifiestan comportamientos inadecuados y no tienen una consecuencia por ello, mantendrá la conducta. Si además la reforzamos, le damos lo que quiere para acabar con la situación no deseada, tenderá a repetir la conducta. De la misma manera, cuando una persona adulta no reacciona ante una falta de respeto, sin querer, acepta cómo el otro la ha tratado. Si además refuerza el trato, a través de la ofensa logra su objetivo, repetirá. Podemos decir que la otra persona debería entender por sí mismo que no es aceptable, no obstante, tenemos varias opciones: podemos discutir la injusticia y lamentarnos, o tomar responsabilidad en nuestra parte de la dinámica poniendo un límite. Precisamente esto cuesta una barbaridad a la “buena persona”, implicando salir de su zona de confort, lo que conoce y ha aprendido. Sin embargo, siendo personas empáticas podemos preguntar si les parecería aceptable que su hijo o un/a amigo/a fueran tratados de esa manera, y si consideran que no deberían reaccionar ante dicho trato. Esto ayuda a distanciarse de la situación o lograr mayor objetividad para analizar la situación.
El jefe de Ana constantemente le pide echar horas extra para terminar la carga del trabajo. Ana, sin embargo, no recibe compensación económica por esas horas, ni las recupera en otro momento. Al principio recibía halagos por lo dedicada que era, lo buena trabajadora que es, lo cual le incentivaba para dar ese pequeño extra. No obstante, conforme pasa el tiempo, esas horas extra ya no son apreciadas, sino esperadas. El jefe ya no pregunta, “Ana, necesito que te quedes unas horas más hoy, que no hemos podido rematar hoy”. Ana empieza a sentirse indignada con el trato, pero sigue sonriendo de cara al jefe. Con sus familiares se queja, con sus amigas también: “Mi jefe tiene mucha cara, debería entender que esto no es así”. Se siente mal, afecta a su autoestima, cada vez le resulta más pesado ir a trabajar y sopesa cambiar de trabajo.
Ahora, muchas personas como Ana sienten que no pueden decir que no porque podría poner en riesgo su trabajo. Sin embargo, lo que no tiene en cuenta es que es altamente probable que se ha convertido en una persona casi imprescindible para su jefe, y que echar unas horas extra no es su obligación hacia su jefe, es un privilegio que le permite. Pero debemos tener en cuenta qué está comunicando a su jefe cuando no dice que no y además sonríe, va aceptando la petición, la acepta y normaliza. Es altamente probable que el jefe piense que a Ana no le importa, porque es lo que parece. Y aunque no sea así, sigue siendo inaceptable que pida que trabaje por amor al arte. Por ello, la responsabilidad recae no sólo en el jefe, sino también en Ana, en decir que no puede hacerle ese favor, o si quiere que sea así está abierta a negociar un horario diferente y las implicaciones económicas.
En la dinámica actual que Ana mantiene con su jefe acepta y refuerza su conducta (da gratuitamente su tiempo), le enseña que le puede tratar de este modo. Sin embargo, si opta por no hacer el favor o negociar Ana muestra cómo debe de ser la interacción: enseña a su jefe cómo tratarla, y ella se trata bien a sí misma, de lo opuesto a abusar de sí misma dando algo que no quiere dar.
Esto se trasciende a toda interacción. En la pareja una parte de ella puede evitar el conflicto, o rendirse ante la fuerza del otro en su argumentación. Así acepta las maneras de su pareja y la refuerza ya que cede. Si toma distancia o verbaliza que no piensa permitir ciertos comportamientos ya comunica algo diferente. Igual que Ana puede tener miedo a perder su puesto de trabajo, la persona de la pareja puede tener miedo de perder la relación. La pregunta entonces es, ¿es la persona adecuada para ti?, ¿es sostenible ceder constantemente y ser feliz en esa relación?, ¿es posible que Ana pueda vivir bien en ese puesto de trabajo? Hay que tener en cuenta que esos pasos donde nos ponemos primeros dan susto, pero también celebramos nuestro ser, crecemos como personas, nos tratamos bien y así los demás también. Por ello, es muy probable que esas personas con el tiempo puedan encontrar un trabajo o una pareja donde pueden prosperar como personas.
Si te cuesta poner límites, trabajar tus habilidades sociales, el decir que no y la asertividad (expresarse sin dañar al otro ni a uno mismo) puede ser muy provechoso como hemos visto en esta entrada. Si te cuesta hacerlo por ti mismo, siempre puedes acudir a un psicólogo para ayudarte a coger los primeros pasos por ese camino.