Ir al gimnasio, comer saludable, dejar de fumar, vivir menos estresado/a, pasar más tiempo con la familia, viajar a sitios nuevos, aprender algo nuevo… Estos son algunos de los clásicos propósitos para el año nuevo. Las buenas intenciones abundan al final del año, viendo el año nuevo como un reset, un nuevo comienzo. Conforme avanzamos en el año, esa ilusión va cayendo a medida que pasan los meses, ¡o días!, y las buenas intenciones se caen en saco roto, y hemos iniciado esta “nueva oportunidad” con un fracaso que tiñe el año. Descuida, si esto te ha tocado, y lo más seguro es que si en algún momento, estás bien acompañado, porque sólo un mero 8% de las personas llegan a la meta, el 31 de diciembre un año después manteniendo su objetivo. De hecho, habrá tantas personas que han vivido un fracaso tras otro que han abandonado esta tradición.
Mantener un propósito en teoría no parece tan complicado y, de ahí que la sensación de fracaso se aumenta en intensidad. Sin embargo, hay muchas razones muy válidas por las que no logramos mantener la meta a largo plazo. Veamos algunas de estas razones:
– Meta amplia. A menudo en nuestro planteamiento nos encontramos con una desbordante ambición, proponiéndonos objetivos que son demasiado grandes y poco realistas, sobre todo para empezar. Si no hago ejercicio en el 2019, cero patatero, y decido ir al gimnasio cinco días por semana el año que viene, el éxito es poco probable. No obstante, si decido ir dos veces por semana en enero y febrero, tres veces por semana marzo, abril, junio y julio etc., resulta bastante más sencillo lograrlo, construyendo el hábito nuevo. Otro ejemplo: si quiero hacer cosas buenas, ser más generoso/a puedo decidir que en enero voy a donar sangre, en febrero haré una limpieza general y dar cosas que no necesito a una organización, o ser voluntario en una ONG una vez al mes.
– Varios propósitos. El centrarse en un único propósito hace que sea más factible mantenerse firme, al tener una única cosa que tener en cuenta. Tener varias metas puede generar estrés innecesario y, finalmente, el abandono de los objetivos.
– Falta de definición. Cuando no definimos con claridad que implica la consecución de nuestro objetivo, resulta mucho más complicado lograrlo. Si decido querer vivir con menor estrés, parece que simplemente me tendré que relajar, pero la vida sigue siendo la misma que el año pasado, y no elegimos conscientemente estar estresado/a. Si opto por concretar cosas que puedo hacer para reducir mis niveles de estrés hay mayor probabilidad de éxito. Por ejemplo: iniciar clases de yoga, realizar ejercicios de relajación 5 minutos al día, organizando la semana que viene cada domingo (qué cosas que tienes pendientes vas a hacer y qué día) etc.
– Todo o nada. Si no logramos mantenernos constantes, a menudo, ya decae la motivación. Si podemos ser flexibles con nosotros mismos, podemos mantenernos firmes. En realidad, no tiene que ser ni año nuevo, ni lunes para remontar tras caer. Así que si alguien se propone comer sano (y tiene definido lo que implica), lo logra, pero si luego tiene una recaída, no hay que esperar hasta el año nuevo para volver a darle un intento, sino que puede volver a seguir comiendo sano el día siguiente, la semana siguiente… en cuanto antes.
– Falta de motivación intrínseca. Si lo que nos proponemos no es algo que realmente estamos deseando lograr, o las razones vienen por presión social, a menudo se nos olvidará o incluso podemos llegar a olvidarnos del objetivo. Asimismo, si “queremos” dejar de fumar para complacer a nuestra pareja, o porque es lo que debemos de hacer, es poco probable tener éxito. Si acompañamos nuestro propósito de una imagen de qué implica lograrlo, facilitamos el proceso para nosotros mismos. Incluso, podemos hacer lo mismo de una manera relativamente concreta. Por ejemplo, si queremos bajar de peso, poner una foto, de cuando estábamos como quisiéramos volver a estar, en la nevera, desde luego resulta más complicado abrir la nevera y atacarla. De la misma manera podemos hacer un pequeño poster o imagen que nos recuerda el propósito, y lo colocamos en un sitio que nos recuerde nuestro compromiso con nosotros mismos con cierta frecuencia.
– No tener un plan ni seguimiento de los progresos. Si pensamos a corto plazo, todo parece sencillo, pero debe de ser sostenible en el tiempo. De ahí que si hacemos un plan con pasos pequeños que nos lleva hacia la gran meta aumentan las probabilidades de éxito. De esta manera, podemos ir viendo los progresos, pero también descubrir cuando el plan no funciona para realizar los ajustes necesarios. El hecho de no haber sido realista no implica que no podamos reconducir el camino.
– Imprevistos surgen o el ambiente no acompaña. No se pueden controlar los imprevistos, pero nos podemos adaptar. Por ejemplo, si te propones hacer un viaje importante, se estropea el coche y, gran parte del presupuesto se va en arreglarlo, podemos o cambiar nuestro destino, o cambiar nuestro propósito y ahorrar para poder realizar dicho viaje el año que viene. De la misma manera, si hay obstáculos en nuestro ambiente que dificulta el proceso, debemos ajustar nuestro plan o incluso objetivo.
Con este artículo no queremos de ninguna manera señalar que los propósitos son necesarios. Sólo si hay esa motivación potente que comentamos anteriormente, puede ser una buena fecha para dar el primer paso hacia hábitos diferentes. No obstante, empezar por ejemplo el 16 de mayo es igual de válido, lo importante es ponerse si hay algo que queremos cambiar en nuestra vida, y más antes, mejor. 😊